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25 mayo 2008

Cosas que hacer antes de morirme

Llevo unos días bajo de ánimo. Qué novedad, ¿verdad? Podría echarle la culpa a la astenia primaveral, a mi cardiopatía crónica o a mil cosas más, pero creo que sé lo que me ronda por la cabeza.

Trabajar en un hospital no es fácil, o al menos acostumbrarse a ello, para alguien como yo con tendencia a la hipocondría. Si además ves casos como el de un chaval con 18 años recién cumplidos que viene de un accidente de moto y del que según salen las imágenes de TAC en tu pantalla vas viendo como, además de daños en la aorta, tiene ambos pulmones encharcados, el bazo listo para extirpar, el hígado partido en tres y vete a saber qué más... pues te afecta. O más aún en mi caso si lo que ves es simplemente un volante de una paciente que ronda los 50 años, operada de cáncer de colon y con posible metástasis en hígado. El vivo caso de mi tía. Luego ves a la señora y hablas con ella, e intentas regalarle una sonrisa mientras no puedes evitar pensar que tiene los días contados.

Estas cosas me hacen pensar en un tema nada original pero que nunca me había planteado hasta ahora. Si mañana me dijeran que me quedan dos semanas de vida, dos meses, dos años... ¿qué haría? ¿Qué me gustaría hacer en esta vida antes de morirme?

La triste realidad es que no pude pensar en nada que me gustaría hacer. Sí, tengo aficiones, hay cosas que me gustaría hacer algún día, pero no hay nada que piense: "tengo que hacerlo antes de morirme, sea como sea". Y vivir sin sueños es peligroso. Todo el mundo debe tener una meta en la vida, algo por lo que levantarse cada mañana y con lo que poder ilusionarse y sonreír, y luchar por ello. Y no menos cierto es que, sabiendo lo que de verdad quieres, no debes dejarlo para más adelante, sino que hay que vivir cada día como si fuera el último.


El fin de semana pasado me fui al pueblo a la comunión de un primo mío. Siempre me he considerado una persona familiar, aunque desde hace un tiempo empezaba a dudarlo. Esta vez no me hacía tampoco especial ilusión ir, aunque sabía que venían casi todos mis familiares cercanos que viven en Gerona (menos quien todos quisiéramos que pudiera venir, claro). Y tendría que ponerme traje y corbata, qué pereza. La última vez que lo hice puede que fuera aquella nochevieja cuando empezaba lo mío con Primilla.

El caso es que el recuerdo de mi tía y sus últimos días entre nosotros estaba presente en el ambiente y en la cabeza de todos nosotros, y los llantos de mi abuela y demás no se puede decir que fueran excesivos, pero tampoco brillaron por su ausencia. Como era de esperar, por otra parte. Y aún así, puedo decir que fue un fin de semana muy positivo para mí, y que me lo pasé muy bien.

Además, pude saludar en persona a mi primo Jaime y su novia Marina después de la gran noticia. La misma semana que yo cumplí los 31 años, hace bien poquito, Jaime nos llamó para decirnos que estaban embarazados. Y pese a tratarse de un fallo, la noticia fue y es motivo de gran alegría para toda la familia, y espero incluso que le sirva a mi abuela y a mi tía, próximas bisabuela y abuela respectivamente, para salir de ese bache emocional en el que les sumió lo de estas navidades.

Yo también me alegré por ellos, desde luego, aunque la noticia en la misma semana de mi cumpleaños reavivó mi cardiopatía latente y a las indirectas de mis padres de cada año en el sentido "ya tienes edad de echarte novia", se añadieron en esta ocasión las de "nosotros también podríamos ser ya abuelos". Pero bueno, a Jaime se le ve muy centrado (ya era hora) y aunque hemos pasado tiempos mejores (y mucho peores también), ahora se le ve muy cambiado y nos llevamos francamente bien.

En cuanto a la comunión, pues lo esperable. La ceremonia religiosa fue un trámite por el que ninguno pasamos a gusto y donde las emociones estaban más a flor de piel por lo de mi tía. Pero luego vino el banquete. Al principio yo estaba un poco incómodo, no conocía a la mitad de los invitados, familiares o bien de mi tío postizo o bien familiares lejanos del pueblo, sitio al que no acudo con la misma asiduidad que cuando era pequeño, pero poco a poco la cosa fue mejorando. En la mesa estaba sentado con gente que no conocía pero con quien acabé estando muy a gusto, y además estaba en mi ambiente: comiendo y bebiendo, y con la familia cerca. Además, debo añadir que una chica me llamó la atención, aunque (como sospechaba) al final resultó ser prima mía y (esto ni me lo imaginé por su apariencia) apenas tuviera 16 años.

Después del banquete, en el que terminamos de comer pasadas las cinco de la tarde, baile con barra libre. Lo del baile en el pueblo es un poco sui géneris, así que al fin y al cabo no fue más que un reordenamiento de la gente, que se juntó con quien quería hablar y no con quien le había tocado sentarse, mientras la bebida llenaba los vasos de todos. Y por si fuera poco (en mi pueblo son así), por la noche cenamos en casa de mi abuela de nuevo con la familia más cercana: un buen queso manchego, casi un cordero entero para asar, y un jamón que si no cayó entero poco le faltaría, entre otras cosas. Después, por supuesto, los jóvenes salimos de fiesta, a ver cómo era eso en el pueblo. Pues como en Valencia, pero con los cubatas a mitad de precio. O sea, que muy bien.

Resumiendo: un día casi perfecto, comiendo, bebiendo y riendo sin parar dentro de lo que cabe por el recuerdo de mi tía. O al menos, lo que concibo yo como un día casi perfecto. Cierto es que a veces echaba en falta estar con mi primo Jaime, con el que más tiempo compartí ese fin de semana, en igualdad de condiciones: con una pareja a mi lado. Pero por lo demás, todo fue muy bien.

Al final volví a Valencia con las pilas cargadas, pero no con el mejor de los ánimos. Aparte de que me traje un dolor muy extraño y bastante fuerte en el pecho, mi cabeza no dejaba de darle vueltas al asunto de los últimos días: qué me gustaría hacer antes de morirme algún día.

Puesto que no encontraba esa respuesta que me hiciera mantener la ilusión por cumplir en la vida, me planteé la pregunta de otra manera: si mañana me dicen que me quedan dos semanas de vida, dos meses, dos años... ¿cómo me despediría de los míos? ¿Qué me gustaría hacer a modo de despedida?

Y esta vez la respuesta me vino a la cabeza inmediatamente: un banquete. Como el de la comunión, con buena comida y en buena compañía, como en realidad me gusta pasar a mí los mejores momentos con mis amigos. Con mi gente. Con mis padres, mis primos, mis tíos. Con todos mis amigos, que tampoco son tantos. Obviamente, si los invitados supieran que el motivo del banquete es despedirme de esta vida a su lado, la alegría no sería demasiado evidente durante la celebración, pero ya pensaría yo algo para ocultarles la verdad, hasta que no hubiera pasado ese día tal vez. Y más obvio aún es el hecho de que para que mi alegría fuese aún mayor y el acto fuera redondo, debería contar en él con un invitado más: una invitada de honor, en realidad. Otro detalle más que pensar para planificar el evento.

Y de repente la solución a todo fue tan evidente, que fue como si algo hiciera click en mi cabeza y las piezas de un puzzle encajaran solas. Uno de esos clichés que tantas veces has oído y cuando menos te lo esperas compruebas lo acertados que pueden llegar a ser.

Una boda. La solución es una boda. Concretamente mi boda, por supuesto. Una celebración motivo de alegría con toda mi gente querida, una ocasión (una última ocasión en el peor de los casos) de reunirlos a todos con una excusa lo suficientemente convincente como para que no falte nadie ese día, y con la persona amada a mi lado. Parecía tan evidente que no me podía creer que no lo hubiera pensado antes.

Siempre he dicho que me daba igual casarme o no. Dependería de si mi novia quisiera casarse o no, llegado el caso, y de si mis padres me lo pedían. Si a ellos les hacía ilusión no me importaba pasar por el aro, como se suele decir. Al fin y al cado una boda es más una tradición que otra cosa, y siendo su único hijo, el simbolismo de verlo casado es mayor del que en un principio podría parecer.

Así que con esta sorprendente revelación (de repente quiero casarme y esto se ha convertido en la ilusión que debe hacer que me levante cada mañana con alegría, aunque todavía no lo hace) he pasado la semana. Una semana con novedades y grandes alegrías que más que posiblemente deje reflejadas por escrito próximamente, cuando los recientes acontecimientos sean menos recientes y más estables que ahora.

De momento sólo sé que vuelvo a tener sueños, en plural, y que ambos están hoy más cerca de cumplirse que hace tan solo cuatro días.

Etiquetas:

Anonymous Dragoncete said...

En mi familia tambien hay mucha costumbre de hacer comidas, y la verdad es que son lo mejor de esas reuniones... por lo que leo tienen los mismos ingredientes que las tuyas, jejeje.

Me alegro de ver que sales del bache... por cierto, seguro que yo no podría hacer lo que tu haces, por lo que sepas que te considero algo así como un héroe... no te rias, que es serio!!!!

Cuidate y para lo que necesites ya sabes, aqui me tienes... y a ver si en algun viagecito a Gerona avisas y hacemos una escapada ;)

Un abrazote

1:30 p. m., mayo 27, 2008  
Anonymous Dragoncete said...

Sorry sorry sorry... quería decir viaJecito :P

Es que me duele una vez leído. Si, soy el machaca-tildes pero hay faltas que ni a mí me permito. ;)

1:32 p. m., mayo 27, 2008  

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