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27 julio 2008

¿Dónde vas, cuerpo triste?

Soy un triste. Soy un soso, un mustio que no sabe divertirse. Mañana trabajo, tengo que conducir, estoy cansado, no puedo beber, hoy no me apetece... Me invento miles de excusas baratas para no reconocer la triste realidad: que soy un puto desgraciao que necesita un motivo para ser feliz en vez de limitarse a reconocer que no tiene ninguno para no serlo. Rodeado de gente estupenda, con buenos amigos, en un ambiente inmejorable, un día, y otro, y otro, y no soy capaz de hablar y bromear como el que más. No soy capaz de ser ese yo que un día fui y sé que puedo volver a ser. Lejos quedan mis problemas de timidez, o mi añoranza de Primilla, no, no es eso. Pero sigo apático en muchas situaciones, me pongo en modo espectador y me limito a observar.

No soy divertido, no soy gracioso, no sé divertirme, y esa es la puta realidad, salvo en ocasiones muy puntuales que no son más que la excepción a una regla que no quiero admitir que existe. La mayoría del tiempo es así, y ya me pasa desde hace mucho. Y me jode por lo de siempre. ¿Quién va a querer estar con un soseras pudiendo estar pasándolo bien con cualquier otra persona? Siempre he estado muy orgulloso de mi sentido del humor, y es como si lo hubiera perdido. Y es una gran pérdida. No me sobran cualidades tan importantes, como para ir perdiendo las pocas que tengo.

Y mientras aprendo a pasármelo bien y a que los demás se lo pasen bien conmigo, que es de lo que en el fondo se trata, sigo callando. Una cosa es pasar un rato de vez en cuando con alguien que no te aporta nada, y otra tener que, encima, secarle las lágrimas.

01 junio 2008

Booty call

"Llegar y besar el santo", "todos los tontos tienen suerte", o "la recompensa a un trabajo bien hecho". Sea como sea, quince días antes de acabar las prácticas me llamaron para ofrecerme trabajo. Dos días después, hecha la correspondiente entrevista, el trabajo era mío: seis meses haciendo resonancias magnéticas (o al menos aprendiendo a ello) con ciertas posibilidades de futuro. Desde luego no era para quejarme.

Aún así no me lo tomé con demasiada euforia precisamente. No era lo que yo esperaba para este verano, aunque aún no sé si ahora será mejor o peor, así que me descolocó un poco. Pero por si la semana no hubiera sido lo suficientemente buena (ya que algo me impedía estar realmente contento sin yo saber el qué) al día siguiente de la entrevista, viernes, me fui de cena con Sandra y la gente del curro. De mi ex-curro, podría decir ya. Y la verdad es que la noche acabó siendo muy buena.

Me lo pasé mejor que en la anterior cena con esta gente. Posiblemente porque Sandra estaba más animada que la otra vez, o eso parecía en el restaurante. Tal vez porque yo estaba mejor tras haber pasado ya algunos meses desde lo de mi tía. Puede ser. Pero lo que seguro que hizo la noche redonda es que Sandra, persona de pocas palabras en lo afectivo, me dijera directamente lo mucho que me quiere. Y también, por supuesto, que esa noche se trajera a la cena a una prima suya con la que intentaba liarme y con la que al final... Bueno, digamos que al final yo me dejé liar.

Lo primero que llama la atención de su prima cuando la conoces, quien a partir de este momento queda bautizada en este blog como Estrellita, es que es una chica muy guapa y extrovertida, y a lo largo de una noche de vino y discoteca descubrí que también es muy divertida y cariñosa. Estuvimos toda la noche tonteando, e incluso ya hacia el final de la velada, hablando en la calle de temas más serios, no parecíamos recién conocidos. Yo al menos no me he abrazado a una chica como lo hice con ella desde que estuve con Primilla. En realidad no nos habíamos dado ni un mal beso, pero algo había entre nosotros. Y la sorpresa para mí vino cuando nos despedimos. Cuando fue a bajarse de mi coche al acercarla a su casa, fui a darle dos besos y me encontré con sus labios en los míos.

Nos besamos, dulcemente, y nadie sabe cuantísimo he echado de menos algo así, aunque fueran unos besos inocentes como aquellos. Sandra estaba fuera del coche ciertamente divertida con la situación y no nos dejó entretenernos, pero ella misma propició que los besos se repitieran unos minutos después cuando estando ella y yo en el coche a punto de irnos, hizo que Estrellita se acercara a mi ventanilla. Después de eso llevé a Sandra a su casa, con nuevas muestras de afecto por su parte y una sonrisa de bobo en mi cara, y finalmente en el camino hasta mi casa fue cuando asimilé lo que me había pasado durante la semana que acababa y lo realmente afortunado que soy aunque no siempre me dé cuenta.

Obviamente tenía que volver a ver a Estrellita, esa chica a la que acababa de conocer de manera tan grata como inesperada. El lunes la llamé, como le dije que haría, y quedamos el martes para tomar un café. Esta vez fue ella quien quiso darme dos besos pero yo le planté uno en los labios sin pensármelo. Ya aprendí con Primilla que es lo que mejor funciona con estas cosas. Si hay algo que no puedes hacer con los sentimientos es racionalizarlos, sino que hay que dejarse llevar por impulsos y deseos.

Durante el café los impulsos mutuos nos llevaron a seguir detalladamente con los besos, aunque lamentablemente ella me dejó muy clara una cosa: que acaba de salir de una larga relación de 11 años y no quiere nada serio. Yo la comprendí perfectamente, y puesto que yo no había pensado nada de antemano sino que me estaba dejando llevar con ella, no me supuso ni una decepción ni mucho menos un trauma o un disgusto. De hecho, al café siguieron unos minutos al aire libre (libre no tanto de humos como de miradas indiscretas) donde ambos seguimos descubriendo otras partes del otro susceptibles de ser besadas, y donde ella dedicó unos momentos a hacer cosas en mi cuello que aunque no dejaron marcas en mi piel, sí lo hicieron en mi recuerdo. Finalmente acabamos cenando juntos y repitiendo las muestras de afecto durante las cuatro horas que duró nuestro encuentro.

Qué lástima que ella se encuentre en este momento tan delicado de su vida. Qué putada, en palabras suyas (lo bueno de tener a Sandra como amiga común es que la información por ambas partes llega enseguida a oídos del otro), porque parece ser que le he gustado, y mucho. A pesar de ello yo no le niego la amistad a nadie, y menos si hay posibilidades de tonteo. De hecho Estrellita fue la primera persona a la que le mandé un mensaje cuando supe dónde me destinaban en mi nuevo trabajo, ya que ese fue un tema recurrente en nuestra conversación de aquel día, y por supuesto que no descarto volver a verla. Ya hemos quedado, de hecho, en que tenemos que ir de compras algún día para que ella me asesore. Lo que no me esperaba fue lo de anoche.

Anoche me llamó por teléfono. No es que eso fuera sorprendente en sí, y menos teniendo en cuenta que por lo que me dijo gasta en teléfono unas diez veces más que yo. Tampoco me extrañó que tomara la iniciativa para hablar conmigo, siendo como es mucho más extrovertida. Pero después de decirle que esa noche no tenía pensado salir y colgar el teléfono sin haber quedado en nada con ella, me dio esa manía mía de pensar las cosas. Bueno, más vale tarde que nunca, supongo, pero cómo me jode ser tan lento y tan cortito para algunas cosas. Ni siquiera me di cuenta de que tal vez quería que nos viéramos esa misma noche. Qué rabia no haberme dado ni cuenta, y qué vergüenza tener que reconocerlo.

Puede que no. Seguro que son imaginaciones mías, fruto de mi mente calenturienta, como siempre, pero si le hubiera pasado a un conocido en vez de a mí mismo, pensaría igual. Y seguramente me hubiera dado cuenta antes. Porque si una chica está sola y te llama un sábado por la noche para ver dónde estás, yo supongo que es por si puede verte esa misma noche. Y si esa chica y tú teneis ciertos precedentes, escasos pero bastante definidos como es el caso, puede que además no fuera una llamada cualquiera, sino lo que los americanos, que tienen un nombre para todo, llaman una booty call.

Y si fue así y la dejé pasar sin haberme dado ni cuenta, no me da sólo rabia, sino mucha, MUCHA rabia.


ACTUALIZACIÓN 02.06.08: hoy he hablado con Sandra y, efectivamente, Estrellita tenía muchas ganas de verme el sábado por la noche. Sigo sin saber si era una booty call, pero eso ya no importa. Ya es oficial: soy más corto que Luisma el de Aída, y me jode soberanamente lo que ha pasado, y no sólo por mí, sino sobre todo por haberle hecho ese feo a Estrellita.

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28 mayo 2008

Scrubs

Maybe the dirty little secret about sex is that it isn't so dirty after all. The weird thing is even though it's natural, sex can make us unconfortable. But if we work at it we can get beyond that disconfort and realise that sex can actually be a confort. Sex can even be a cure. How do I know all this? Because no one understands how important sex is better than someone who isn't having it.

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25 mayo 2008

Cosas que hacer antes de morirme

Llevo unos días bajo de ánimo. Qué novedad, ¿verdad? Podría echarle la culpa a la astenia primaveral, a mi cardiopatía crónica o a mil cosas más, pero creo que sé lo que me ronda por la cabeza.

Trabajar en un hospital no es fácil, o al menos acostumbrarse a ello, para alguien como yo con tendencia a la hipocondría. Si además ves casos como el de un chaval con 18 años recién cumplidos que viene de un accidente de moto y del que según salen las imágenes de TAC en tu pantalla vas viendo como, además de daños en la aorta, tiene ambos pulmones encharcados, el bazo listo para extirpar, el hígado partido en tres y vete a saber qué más... pues te afecta. O más aún en mi caso si lo que ves es simplemente un volante de una paciente que ronda los 50 años, operada de cáncer de colon y con posible metástasis en hígado. El vivo caso de mi tía. Luego ves a la señora y hablas con ella, e intentas regalarle una sonrisa mientras no puedes evitar pensar que tiene los días contados.

Estas cosas me hacen pensar en un tema nada original pero que nunca me había planteado hasta ahora. Si mañana me dijeran que me quedan dos semanas de vida, dos meses, dos años... ¿qué haría? ¿Qué me gustaría hacer en esta vida antes de morirme?

La triste realidad es que no pude pensar en nada que me gustaría hacer. Sí, tengo aficiones, hay cosas que me gustaría hacer algún día, pero no hay nada que piense: "tengo que hacerlo antes de morirme, sea como sea". Y vivir sin sueños es peligroso. Todo el mundo debe tener una meta en la vida, algo por lo que levantarse cada mañana y con lo que poder ilusionarse y sonreír, y luchar por ello. Y no menos cierto es que, sabiendo lo que de verdad quieres, no debes dejarlo para más adelante, sino que hay que vivir cada día como si fuera el último.


El fin de semana pasado me fui al pueblo a la comunión de un primo mío. Siempre me he considerado una persona familiar, aunque desde hace un tiempo empezaba a dudarlo. Esta vez no me hacía tampoco especial ilusión ir, aunque sabía que venían casi todos mis familiares cercanos que viven en Gerona (menos quien todos quisiéramos que pudiera venir, claro). Y tendría que ponerme traje y corbata, qué pereza. La última vez que lo hice puede que fuera aquella nochevieja cuando empezaba lo mío con Primilla.

El caso es que el recuerdo de mi tía y sus últimos días entre nosotros estaba presente en el ambiente y en la cabeza de todos nosotros, y los llantos de mi abuela y demás no se puede decir que fueran excesivos, pero tampoco brillaron por su ausencia. Como era de esperar, por otra parte. Y aún así, puedo decir que fue un fin de semana muy positivo para mí, y que me lo pasé muy bien.

Además, pude saludar en persona a mi primo Jaime y su novia Marina después de la gran noticia. La misma semana que yo cumplí los 31 años, hace bien poquito, Jaime nos llamó para decirnos que estaban embarazados. Y pese a tratarse de un fallo, la noticia fue y es motivo de gran alegría para toda la familia, y espero incluso que le sirva a mi abuela y a mi tía, próximas bisabuela y abuela respectivamente, para salir de ese bache emocional en el que les sumió lo de estas navidades.

Yo también me alegré por ellos, desde luego, aunque la noticia en la misma semana de mi cumpleaños reavivó mi cardiopatía latente y a las indirectas de mis padres de cada año en el sentido "ya tienes edad de echarte novia", se añadieron en esta ocasión las de "nosotros también podríamos ser ya abuelos". Pero bueno, a Jaime se le ve muy centrado (ya era hora) y aunque hemos pasado tiempos mejores (y mucho peores también), ahora se le ve muy cambiado y nos llevamos francamente bien.

En cuanto a la comunión, pues lo esperable. La ceremonia religiosa fue un trámite por el que ninguno pasamos a gusto y donde las emociones estaban más a flor de piel por lo de mi tía. Pero luego vino el banquete. Al principio yo estaba un poco incómodo, no conocía a la mitad de los invitados, familiares o bien de mi tío postizo o bien familiares lejanos del pueblo, sitio al que no acudo con la misma asiduidad que cuando era pequeño, pero poco a poco la cosa fue mejorando. En la mesa estaba sentado con gente que no conocía pero con quien acabé estando muy a gusto, y además estaba en mi ambiente: comiendo y bebiendo, y con la familia cerca. Además, debo añadir que una chica me llamó la atención, aunque (como sospechaba) al final resultó ser prima mía y (esto ni me lo imaginé por su apariencia) apenas tuviera 16 años.

Después del banquete, en el que terminamos de comer pasadas las cinco de la tarde, baile con barra libre. Lo del baile en el pueblo es un poco sui géneris, así que al fin y al cabo no fue más que un reordenamiento de la gente, que se juntó con quien quería hablar y no con quien le había tocado sentarse, mientras la bebida llenaba los vasos de todos. Y por si fuera poco (en mi pueblo son así), por la noche cenamos en casa de mi abuela de nuevo con la familia más cercana: un buen queso manchego, casi un cordero entero para asar, y un jamón que si no cayó entero poco le faltaría, entre otras cosas. Después, por supuesto, los jóvenes salimos de fiesta, a ver cómo era eso en el pueblo. Pues como en Valencia, pero con los cubatas a mitad de precio. O sea, que muy bien.

Resumiendo: un día casi perfecto, comiendo, bebiendo y riendo sin parar dentro de lo que cabe por el recuerdo de mi tía. O al menos, lo que concibo yo como un día casi perfecto. Cierto es que a veces echaba en falta estar con mi primo Jaime, con el que más tiempo compartí ese fin de semana, en igualdad de condiciones: con una pareja a mi lado. Pero por lo demás, todo fue muy bien.

Al final volví a Valencia con las pilas cargadas, pero no con el mejor de los ánimos. Aparte de que me traje un dolor muy extraño y bastante fuerte en el pecho, mi cabeza no dejaba de darle vueltas al asunto de los últimos días: qué me gustaría hacer antes de morirme algún día.

Puesto que no encontraba esa respuesta que me hiciera mantener la ilusión por cumplir en la vida, me planteé la pregunta de otra manera: si mañana me dicen que me quedan dos semanas de vida, dos meses, dos años... ¿cómo me despediría de los míos? ¿Qué me gustaría hacer a modo de despedida?

Y esta vez la respuesta me vino a la cabeza inmediatamente: un banquete. Como el de la comunión, con buena comida y en buena compañía, como en realidad me gusta pasar a mí los mejores momentos con mis amigos. Con mi gente. Con mis padres, mis primos, mis tíos. Con todos mis amigos, que tampoco son tantos. Obviamente, si los invitados supieran que el motivo del banquete es despedirme de esta vida a su lado, la alegría no sería demasiado evidente durante la celebración, pero ya pensaría yo algo para ocultarles la verdad, hasta que no hubiera pasado ese día tal vez. Y más obvio aún es el hecho de que para que mi alegría fuese aún mayor y el acto fuera redondo, debería contar en él con un invitado más: una invitada de honor, en realidad. Otro detalle más que pensar para planificar el evento.

Y de repente la solución a todo fue tan evidente, que fue como si algo hiciera click en mi cabeza y las piezas de un puzzle encajaran solas. Uno de esos clichés que tantas veces has oído y cuando menos te lo esperas compruebas lo acertados que pueden llegar a ser.

Una boda. La solución es una boda. Concretamente mi boda, por supuesto. Una celebración motivo de alegría con toda mi gente querida, una ocasión (una última ocasión en el peor de los casos) de reunirlos a todos con una excusa lo suficientemente convincente como para que no falte nadie ese día, y con la persona amada a mi lado. Parecía tan evidente que no me podía creer que no lo hubiera pensado antes.

Siempre he dicho que me daba igual casarme o no. Dependería de si mi novia quisiera casarse o no, llegado el caso, y de si mis padres me lo pedían. Si a ellos les hacía ilusión no me importaba pasar por el aro, como se suele decir. Al fin y al cado una boda es más una tradición que otra cosa, y siendo su único hijo, el simbolismo de verlo casado es mayor del que en un principio podría parecer.

Así que con esta sorprendente revelación (de repente quiero casarme y esto se ha convertido en la ilusión que debe hacer que me levante cada mañana con alegría, aunque todavía no lo hace) he pasado la semana. Una semana con novedades y grandes alegrías que más que posiblemente deje reflejadas por escrito próximamente, cuando los recientes acontecimientos sean menos recientes y más estables que ahora.

De momento sólo sé que vuelvo a tener sueños, en plural, y que ambos están hoy más cerca de cumplirse que hace tan solo cuatro días.

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24 abril 2008

El orden de los factores

No tengo ninguna gana de volver a currar en la fábrica, a pesar de que allí está mi amiga Sandra y eso suele ser motivo más que suficiente para que me lo plantee al menos.

Pero mi nueva "profesión" me está gustando, y mucho. Lo cogí con ganas, y aunque ya no es lo mismo que al principio, tiene sus cosas buenas, que de momento ganan a las malas.

Pese a que las habilidades sociales no son mi fuerte, de lo cual se aprovechó en su día la psicóloga que me hizo entrenarlas por un nada módico precio por sesión semanal, arrancar una sonrisa a una anciana dolorida en la sala de urgencias no tiene precio, y tampoco es muy difícil. A veces basta con una sonrisa, o simplemente con escuchar lo que quieran decirte.

Con los niños ya es mucho más difícil, sobre todo los pequeños. Pero también hay alguno que entra asustado, y sale diciéndote adiós o lanzándote besos. De nuevo el orgullo y el reloj biológico (¿los hombres tenemos de lo segundo?) se hacen notar.

También es cierto que no faltan, y son mayoría, los ancianos en cama que no pueden moverse y apenas respirar, los accidentados y politraumatizados con más dolor y sangre de la que ambos desearíamos, los malos olores, los líquidos corporales, los gritos, los lloros (de niños y de mayores), los desmayos...

Pero de vez en cuando hay algún paciente que le pone la guinda al pastel. Hoy, con la mayor guinda de todas, con la madre de todas las guindas, he recordado algo que nos dijeron en el cursillo de cuatro días que hemos hecho este fin de semana en Mojacar, Almería. Nos contaba un profesor con un ejemplo el poder que nos otorga el uniforme blanco o el hecho de estar en un sitio habitual para nosotros pero desconocido e intimidante a veces para quien acude enfermo.

Este profesor trabajaba en medicina digestiva de un hospital cuando salió a llamar a un paciente por su nombre y primer apellido. La mujer respondió y pasó a hacerse la prueba correspondiente, en concreto un enema opaco. Esto es, para los no iniciados, que te desnudan y te dan una batita de esas con el culo al aire, te tumban en una mesa y te meten por el culo unos dos litros de un líquido blanquecino. No debe ser nada agradable. Una vez terminada la prueba, le indican a la señora que ya puede vestirse y marcharse a su casa. "¿Y mi marido?", preguntó ella entonces. Y ante la sorpresa del personal del hospital, descubrieron que quien debía hacerse una prueba era su marido, que ella venía de acompañante, y que casualmente se llamaba igual que otra mujer que tenía otra prueba ese día y que al salir a llamarla en ese momento no estaba en la sala de espera. La mujer se había sometido a todo el proceso sin rechistar y siguió las órdenes de los auxiliares y el médico sin decir esta boca es mía.

Al hilo de todo esto viene lo que hoy me ha hecho ponerme a escribir. Yo nunca he tenido problemas, desde el principio de las prácticas, en preguntarle a las chicas jóvenes que vienen a hacerse una placa de torax si llevan sujetador, y pedirles que se lo quiten si es el caso. Si alguna vez le dijera algo parecido a alguna chica en una discoteca, estoy seguro de que no me resultaría tan fácil que me obedecieran. Aunque bueno, todo es probar. Para una chica joven y sin dolor (una placa de torax es muy habitual y no suele ser por nada grave, preoperatorios aparte) quitarse el sujetador sin quitarse la camiseta es de lo más fácil. Normalmente incluso me doy la vuelta para no estar mirándola y no ver la prenda cuando la dejan en cualquier sitio. Nunca está de más tener precauciones en ese sentido. Al contrario de lo que pudiera parecer a priori, nuestra generación tiene más reparos en desnudarse que la de nuestros abuelos, al menos en el médico. Supongo que es uno de los motivos por los que en mi hospital no me está permitido realizar mamografías (y por tanto acabaré las prácticas sin haber aprendido a hacerlas).

El caso es que nunca desnudas a la paciente del todo, y aunque se adivinen siluetas a través de la ropa que con sujetador no se verían, uno es un profesional (o pretende serlo) y no desvía la mirada de donde toca.

Algo diferente es cuando se trata de placas de abdomen. La zona a explorar va desde prácticamente el extremo inferior del esternón hasta la sínfisis del pubis. Para ello hay que tumbar a la chica boca arriba, quitar el sujetador si lleva aros (o subirlos estos por encima de las mamas para no tener que quitarlo), y bajar un poco el pantalón hasta media pierna, por encima de la rodilla, si éste lleva cremalleras, botones, cinturón, etc.

Aquí es cuando reconozco que al principio me ponía nervioso. Sigues sin desnudar a la paciente (la ropa se la arregla ella según le vas indicando), pero un punto de referencia para hacer la placa es la pala ilíaca, para lo que hay que tocar en el costado a la altura del ombligo para localizarla, y el haz de luz tiene que abarcar, si es posible, todo el pubis, por lo que es imperativo mirar esa zona tan íntima y tan convenientemente tapada con la ropa interior.

Una cosa es ver una paciente vestida sabiendo que se ha quitado la ropa interior, o ver su sujetador encima de una silla, y otra muy distinta es tener que tocarla estando ella tumbada y verle esa otra prenda interior perfectamente puesta en su sitio.

Una tarde salí a llamar a un paciente y vi sentada en una silla de ruedas un poco más allá a una morena es-pec-ta-cu-lar. Un pelo precioso, guapa, delgadita por lo que pude adivinar, y un escotazo hasta aquí (léase hasta muy abajo). Entro, miro los volantes, y... premio: 22 años, placa de abdomen. Debería haberle hecho la placa como el profesional que pretendo ser, pero le dije a la chica que estaba ese día trabajando conmigo que si se la hacía yo, podría estarme allí hasta el lunes (y esto fue un jueves). Al final le hizo la placa mi compañera.

En cambio al día siguiente vino otra chica joven por otra placa de abdomen. Realmente era atractiva, pero como no la vi hasta que la tuve dentro de la sala, no me quedó otro remedio que hacerla. La tumbé, le dije que se abriera la cremallera de la chaquetilla que llevaba y que se levantara el sujetador. Cuando le dije que se bajara el pantalón me miró mal. No pasa nada, le dije, te pongo una sabanita por encima si te da vergüenza. Así, perfectamente tapadita, acabó de colocarse y le hice la placa. Resultado: me costó mucho más centrar la imagen y la cremallera salió en la placa tapando partes del abdomen, así como el piercing del ombligo que como no se lo vi, no me acordé de pedirle que se quitara. Siendo estudiante, el radiólogo no se va a quejar por eso, pero debería haberle repetido la placa. No lo hice, por su bien y por el de sus ovarios y su posible descendencia.

Así que normalmente evito tapar a las chicas si no es imprescindible, y la vergüenza al hacer este tipo de placas con este tipo de pacientes ha disminuido bastante por mi parte. Hoy, retomando de nuevo lo retomable, como decía antes ha llegado la guinda de todas las guindas. Uno de los técnicos es el que me ha pasado el volante antes de ver a la paciente, que en realidad no me tocaba hacer a mí: "esta te gustará hacerla a ti". Al ver a la chica en cuestión los dos nos hemos asombrado, y yo creo que él incluso se ha arrepentido de ser "amable" conmigo. Si la morena de aquel día era es-pec-ta-cu-lar, la rubia de hoy, de 20 añitos, no tenía nada que envidiarle (salvo que no venía tan arreglada y con ese escote hasta aquí).

Me acerco a la chica y le explico antes de tumbarse: "quítate la chaqueta y te subes el sujetador pero te dejas la camiseta encima". A todo esto la chica me miraba un poco seria y sin decir ni mú, y la veo que, de pie enfrente de mí antes de tumbarse, se empieza a subir la camiseta dejando a la vista un precioso sujetador negro y un más que precioso busto debajo. "No, no hace falta que te quites la camiseta. Mira, túmbate primero y luego ya te subes un poquito el sujetador, ¿vale?". Se tumba boca arriba, se sube la camiseta de nuevo, y la veo que duda. "No hace falta que te subas la camiseta", le repito. "¿El sujetador lleva aros? Súbetelos un poco por encima y ya está". Desvío la mirada un poco como suelo hacer para evitar que esté incómoda y darle tiempo a que se prepare, y cuando vuelvo a mirar, veo por el rabillo del ojo que se ha subido el sujetador por completo dejando a la vista lo que yo no quería que dejara, aunque en cualquier otra situación no hubiera sido por falta de ganas.

No sé cómo describir la situación sin que esto parezca el diario de un quinceañero ni un relato porno cutre, pero lo único que se me ocurre decir es que menudo bellezón de chica, y qué maravilla de pechos. Tristemente, pese a haber mantenido ya relaciones sexuales, esas fueron las primeras tetas que he visto "en vivo y en directo" en toda mi vida, por lo que quedarán en mi recuerdo para siempre. Al menos puedo decir (¿con orgullo?) sin exagerar lo más mínimo que la primera vez que le vi las tetas a una chica eran perfectas.

A diferencia de mis experiencias sexuales hasta ahora (añado de nuevo con triste ironía).

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22 marzo 2008

How I met your mother

It took him 67 days and one really disgusting bunch of pancakes... but Marshall'd come back from the dead. Because while baseball, strippers and guns can help, the only thing that can really heal a broken heart... is time.


Actualmente escucho: "Boys don't cry" (Grant Lee Phillips)

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20 marzo 2008

Quién es quién

Es triste hacer ciertas cosas solo, pero más triste es quedarse en casa y no hacerlas, así que este año, el primero con vacaciones en Fallas desde hace un tiempo, he intentado aprovecharlas bastante, ya fuera con compañía o sin ella.

Cuando Benjamina me presentó a su novio, a quien llamaré Anakin por llamarlo de alguna manera, ya me avisó: "el 17 de Marzo vienes a mi falla, que tenemos la presentación de los playbacks de este año". No era una pregunta, y yo sabía que era inútil negarme intentando poner como excusa que seguía sin querer ni ver a una persona que estaría allí el mísmo día: Primilla.

Así que el 17 por la noche fui a la falla de Benjamina pensando, iluso de mí, que los playbacks serían en el auditorio del pueblo y que una vez sentado en mi asiento muy difícil sería que me cruzara con Primilla. Además ella no traga a Anakin, quien por lo tanto me serviría de escudo humano. La realidad fue otra: la actuación era en el casal, mucho más pequeño que el auditorio, y cuando Anakin y yo fuimos a casa de Benjamina, ésta bajó a la calle acompañada de su amiga, que no mía.

Por tanto, aquella-a-quien-no-quería-ni-ver hizo el recorrido hasta el casal andando a escasos metros delante de mí. Debo decir que la sorpresa de encontrarnos después de más de un año (que no de vernos, ya que evitamos cruzar ni una sola mirada) fue mayor para ella que para mí, que se enteró de que yo iba a la falla apenas unos minutos antes. Pero lo que intenté evitar fue inevitable, y al final pasó.

No es que verla de nuevo afectara negativamente a mi estado de ánimo, pero no pude evitar ser consciente muy a menudo de su presencia en la sala, aunque solo fuera para evitar cruzar miradas accidentalmente. Lo que no me esperaba para nada es que ella se acercara a un grupo de cuatro personas (entre ellas Anakin y yo, con quien ella no mantiene relación alguna por no decir que se lleva mal con ambas) y saludara con ese "holaaaaa" tan suyo y que yo ya conozco y que iba en buena parte dirigido a mí. Lo que ella tampoco se esperaba, seguramente, fue mi reacción a su saludo.

Posiblemente porque no sabe que yo no quiero saber absolutamente nada de ella. No quiero verla, no quiero cruzar ni una palabra con esa persona, ni un hola casual o forzado para guardar las formas. Por no volver a dirigirle la palabra estoy dispuesto a renunciar a todos los apuntes de la carrera que le dejé en su día, que son muchos, y que aún no me ha devuelto. Recuerdo que ella presumía de llevarse bien con todos sus ex, pero conmigo ha pinchado en hueso. Me veo rencoroso, lo veo y lo sé, pero esta vez no quiero corregirlo aunque es algo que nunca ha ido conmigo ni con mi forma de ser. No olvido lo que ella me hizo, pero no ya por lo que hizo, sino por cómo lo hizo.

Así que mi reacción a su saludo, aunque en el momento obviamente no me di cuenta, no le sentó nada bien. Al acercarse a nosotros y saludar, yo no hice sino girar la cabeza con una media sonrisa en la boca entre irónica y chulesca que ni siquiera sé si vio, y un poco también el cuerpo hasta casi darle la espalda. La situación, más que enfadarme o incomodarme, me divertía. El caso es que poco más tarde ella puso una excusa y se retiró a dormir bastante pronto, y sus palabras a Benjamina sobre mí me llegaron a través de ésta apenas unos minutos después.

- Qué se habrá pensado... Tanta educación que decía que tenía y mira... Ahí, to chulo él... ¿Qué pasa, que le dejan y no es capaz de superarlo?

Me resultó francamente divertido oír todo esto, entre otros improperios, relatados por Benjamina. Especialmente la última frase me hizo soltar una carcajada. Pero luego lo pienso y ya no me hace tanta gracia. Igual Primilla tiene más razón de lo que parece.

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26 diciembre 2007

Igual que ayer

En esta misma casa donde ahora me encuentro esperando la llamada que me anuncie la muerte de mi tía, hoy he recibido una llamada que no esperaba.

La última vez que vi a mi tía fue el lunes, 24 de Diciembre. Llevaba con las defensas bajo mínimos desdel el sábado por la noche, y estaba en lo que los médicos llamaron “48 horas críticas”. Por eso la llevaron a una habitación individual y tuvimos que entrar a verla de uno en uno y con mascarilla. Hoy sigue igual o peor que en esas 48 horas, y el desenlace parece inminente. Y yo, con algo parecido a un resfriado desde entonces, dudo que vuelva a verla, pues el miedo a matarla con mis virus es inevitable, y cuando me recupere posiblemente ya sea tarde.

El lunes, nada más levantarme para ir al hospital, ya me empezó a doler todo el cuerpo, y la cosa iba a más. Recuerdo que ya antes de entrar a verla el dolor de cabeza me estaba matando (qué curioso la facilidad con que usamos un verbo tan grave para cosas, en comparación, tan ridículas), pero aún así quise entrar, aunque no podíamos ya besarla ni apenas cogerle la mano sin desinfectarnos nosotros antes. Para entrar a la habitación parecíamos cirujanos antes de entrar a un quirófano, como en las películas.

Recuerdo también que apenas estuve dos minutos con ella. Recuerdo que tosí dos veces y giré la cabeza instintivamente al hacerlo, incluso con la mascarilla, y que ni siquiera quise tocarle el brazo. Recuerdo las dos frases tontas que dije intentando aparentar normalidad y no hablar de lo evidente, y recuerdo que a duras penas la entendí ccuando ella me respondía. No me sentí incómodo, ni violento o emocionalmente abatido, pero recuerdo despedirme rápidamente de ella y salir de la habitación. Y recuerdo que al día siguiente pensé en esos dos minutos, y en que fueron los únicos del día en los cuales mi dolor (o el físico, al menos) desapareció como por arte de magia.

El resto del día, Nochebuena incluida, me lo pasé en casa de mi tía tumbado y/o durmiendo, y ni siquiera los analgésicos me aliviaban el dolor de cabeza. Estuve hecho una piltrafa como hacía mucho que no me pasaba. La cena desde luego tampoco tuvo nada que ver con ningún año anterior, ni con las fechas que eran. En todo el día apenas recibí 4 mensajes de felicitación, de los 33 de media que oí en un telediario que eran lo típico. Tres de ellos eran “preescritos”, de los que yo llamo spam o correo indeseado: por muy buena que sea su intención, siguen sin ser solicitados y el poco esfuerzo hecho al redactarlos (ninguno) y al enviarlos (escaso) anula gran parte de esa buena intención. Y aunque respondí a todos con una respuesta individualizada, sólo el cuarto realmente me hizo ilusión y tampoco me hubiera importado no recibirlo, porque sé que su remitente se acuerda y se preocupa por mí, especialmente en estos días pero no sólo por ser Navidad. Realmente no tengo una amiga, tengo un tesoro. Gracias, preciosa.

Yo, dadas las circunstancias, ni tenía el ánimo para mandar muchos mensajes ni la cabeza para pensar demasiado, pero sí quería mandar al menos uno, a una persona muy especial. Lo redacté pero no llegué a enviarlo. Lo modifiqué un par de veces entre esa noche y el día siguiente, pero no salió nunca de mi móvil. Con todo lo de mi tía no me parecía el mejor momento. Ya tendría tiempo, lo primero es lo primero.

Y esta mañana salí al jardín a hacer una llamada de trabajo, y nada más colgar, suena mi móvil. He cambiado de terminal varias veces últimamente, pero uno de esos contactos de los que nunca dejo que se me pierda su número es el de ella. Incluso le pongo su fotografía correspondiente. Aunque casi nunca nos llamemos siempre la llevo encima, en mi móvil. Y ahí estaba, en la pantalla de mi móvil, la foto de Inés, mi Inés, mi amor platónico, que en una de esas escasísimas ocasiones me estaba llamando. Me he quedado un segundo mirando su foto en la pantalla sin reaccionar apenas, sin mostrar siquiera sorpresa, como sin creérmelo, hasta que por fin he contestado. Y como si hablara todos los días con ella.

De nuevo su voz, su tremenda alegría, su infinita dulzura, ese cariño que me demuestra y me transmite y que no deja de sorprenderme cada vez que hablo con ella. Es increíble, realmente increíble el aprecio que me tiene después de tantos años y de tanto tiempo que pasamos sin vernos. Y qué pena que por tan poca cosa como apenas... ¿cuánto, seiscientos kilómetros? ...ese aprecio no haya podido convertirse en amor como el que yo desearía. Que pena que mi amor por ella no pueda dejar de ser platónico. Se me eriza la piel sólo de pensar lo fantástico que sería tener a alguien así a mi lado por las noches.

Esta vez Inés me ha llamado para preguntar por mi tía. Se había enterado de algo pero no sabía el alcance de la enfermedad, y para preguntarle a alguien de la familia se decidió por mí. Se lo he contado todo, y no acababa de creérselo. Aquí, en casa de mi tía, ella ha pasado también muy buenos momentos, con mi primo y conmigo mismo. Tantos recuerdos le han venido a la mente al pensar en la cercana muerte de mi tía que al comunicármelos a mí por teléfono yo mismo los estaba viendo, de pie como estaba frente a la piscina donde Inés y yo nos bañamos juntos tantas veces, en la casa donde por una noche incluso compartimos habitación. Recuerdo que esa misma noche no compartimos un colchón en el suelo justo en el rincón sobre el que me encuentro escribiendo estas líneas, porque me negué yo mismo, ya que su inocencia, supongo, le impedía ver el alcance de mis sentimientos hacia ella, y yo preferí dormir en el sofá de al lado, supongo que para no mancillar la bonita amistad que nos unía con cualquier pensamiento sucio que me pudiera venir, aun de manera inconsciente, mientras dormía. Hoy tal vez me arrepiento, y me gustaría poder aferrarme como a tantas otras ideas bobas y romanticonas, al recuerdo de haber compartido cama con ella. Sobra decir que no pegué ojo en toda la noche, y no porque el sofá fuera incómodo.

En fin, tantos recuerdos que ahora a la tragedia de mi tía se une la añoranza de lo que tuve con Primilla y el pasado y el presente de mi amor platónico “de toda la vida”, a quien no he dejado de repetirle lo mucho que me gustaría verla, aunque dudo que sea posible dadas las circunstancias. Tendrá que ser el año que viene, con un poco de suerte. Ella me ha pedido que la informe de lo que pase, y que la llame en cualquier momento si necesito lo que sea, a cualquier hora del día o de la noche. No descarto llamarla y hablar con ella en los próximos días, aunque lo que desearía es poder verla y, quién sabe, tal vez hablarle de lo que llevo dentro desde que la conocí.

Y mientras tanto me siento culpable y un maldito egoísta insensible, porque ando encerrado en casa con la abuela y los nietos mientras los “mayores” hacen vela en el hospital, pensando en ver a mi Inés y en lo mucho que echo de menos a mi mejor amiga, mientras que hace días ya que no derramo una lágrima por mi tía, a la que tal vez le queden no días, sino horas de vida.

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19 diciembre 2007

Quiero besos

Estos días están resultando muy intensos para mí, y es normal dadas las circunstancias. Incluso lo serían más sin el aturdimiento de los ansiolíticos. Y en medio de todo esto, pienso bastante en Primilla, y la echo de menos. Anoche mismo soñé con ella, lo cual daría de por sí para una reflexión escrita de las mías.

Pero hoy sólo puedo pensar en aquel beso que nos dimos a la orilla del mar aquella noche y en que, pese a lo mágico e intenso que fue, no fue una mierda comparado al que le ha dado mi tío a su mujer, mi tía enferma, al llegar hoy al hospital en el que se encuentra confinada, salvo sorpresa mayúscula, por el resto de sus días.

Y ese beso también me ha hecho ver la verdad en las palabras de un famoso médico oncólogo de ficción a su no menos famoso compañero de trabajo en cierta serie muy de moda últimamente: la gente no tiene tanto miedo a morir como a morir sola.

Después de todo, puede que mi tía no haya tenido tanta mala suerte como parece.

09 diciembre 2007

A base de drogas

En este mismo puente, el año pasado, empezó toda la tontería con lo de Primilla. Siendo de naturaleza nostálgica es inevitable echar la mirada atrás, pero hoy además hay otro motivo. Al igual que cuando me dejó, estos días tengo un dolor de muelas de los que hacen historia.

En aquella ocasión me acompañó cinco días y colaboró en mi pérdida de peso. Esta vez no sé cuánto durará ni si tendrá ese efecto. Entonces tenía el corazón roto, y sólo quería dormir para que pasara el tiempo. Ahora temo a la noche, porque el corazón se me sale del pecho. Tengo ansiedad y taquicardias, y van en aumento. Anoche por primera vez me impidieron dormir, y estoy muy preocupado.

Hace un mes, en la víspera de Todos los Santos, lo de mi tía era inoperable y sólo era cuestión de tiempo. Años, esperábamos, con suerte. Un mes después, el fin de semana pasado, apenas podía salir del hospital y ya era cuestión de meses. Un par de días más tarde, hoy mismo, ya no tolera ningún alimento y es cuestión de semanas. Puede que días.

Y mientras su tiempo se acaba el mío se acelera, pues crece el miedo que siento, ya auténtico pavor. A cada nuevo dato que conozco de la situación real me da más miedo el momento que tenga que ver a mi tía postrada en la cama del hospital. Y seguramente adelante mi viaje, no sea que llegue tarde. Temo ese momento tanto como a la situación entera, menuda mierda de Navidad la que nos espera, que de solo pensar en esos días el corazón de nuevo se me desboca, incluso drogado como me encuentro ahora mismo.

La situación me supera. Nadie te prepara para mirar a alguien querido sabiendo que tiene las horas contadas, y si ni esa persona ni su hijo de 14 años saben el alcance real de la situación... ¿tú qué dices? ¿De qué le hablas? Cuando ella hace planes para estos días en familia, ¿acaso no te nota en la cara lo que se te pasa por la mente? ¿Y si me vengo abajo delante de ella? ¿Y si lee su propia muerte en mis ojos? Mi madre está mucho peor que yo y tengo que animarla, ¿y a mí quién me anima? Me horroriza pensar lo que me espera, y tengo que dejar incluso de pensarlo, o mi corazón va a estallar.

Y yo que pensaba que aquel dolor de muelas de Marzo era el peor posible. Qué poco sabía yo lo que me esperaba en Diciembre.