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01 junio 2008

Booty call

"Llegar y besar el santo", "todos los tontos tienen suerte", o "la recompensa a un trabajo bien hecho". Sea como sea, quince días antes de acabar las prácticas me llamaron para ofrecerme trabajo. Dos días después, hecha la correspondiente entrevista, el trabajo era mío: seis meses haciendo resonancias magnéticas (o al menos aprendiendo a ello) con ciertas posibilidades de futuro. Desde luego no era para quejarme.

Aún así no me lo tomé con demasiada euforia precisamente. No era lo que yo esperaba para este verano, aunque aún no sé si ahora será mejor o peor, así que me descolocó un poco. Pero por si la semana no hubiera sido lo suficientemente buena (ya que algo me impedía estar realmente contento sin yo saber el qué) al día siguiente de la entrevista, viernes, me fui de cena con Sandra y la gente del curro. De mi ex-curro, podría decir ya. Y la verdad es que la noche acabó siendo muy buena.

Me lo pasé mejor que en la anterior cena con esta gente. Posiblemente porque Sandra estaba más animada que la otra vez, o eso parecía en el restaurante. Tal vez porque yo estaba mejor tras haber pasado ya algunos meses desde lo de mi tía. Puede ser. Pero lo que seguro que hizo la noche redonda es que Sandra, persona de pocas palabras en lo afectivo, me dijera directamente lo mucho que me quiere. Y también, por supuesto, que esa noche se trajera a la cena a una prima suya con la que intentaba liarme y con la que al final... Bueno, digamos que al final yo me dejé liar.

Lo primero que llama la atención de su prima cuando la conoces, quien a partir de este momento queda bautizada en este blog como Estrellita, es que es una chica muy guapa y extrovertida, y a lo largo de una noche de vino y discoteca descubrí que también es muy divertida y cariñosa. Estuvimos toda la noche tonteando, e incluso ya hacia el final de la velada, hablando en la calle de temas más serios, no parecíamos recién conocidos. Yo al menos no me he abrazado a una chica como lo hice con ella desde que estuve con Primilla. En realidad no nos habíamos dado ni un mal beso, pero algo había entre nosotros. Y la sorpresa para mí vino cuando nos despedimos. Cuando fue a bajarse de mi coche al acercarla a su casa, fui a darle dos besos y me encontré con sus labios en los míos.

Nos besamos, dulcemente, y nadie sabe cuantísimo he echado de menos algo así, aunque fueran unos besos inocentes como aquellos. Sandra estaba fuera del coche ciertamente divertida con la situación y no nos dejó entretenernos, pero ella misma propició que los besos se repitieran unos minutos después cuando estando ella y yo en el coche a punto de irnos, hizo que Estrellita se acercara a mi ventanilla. Después de eso llevé a Sandra a su casa, con nuevas muestras de afecto por su parte y una sonrisa de bobo en mi cara, y finalmente en el camino hasta mi casa fue cuando asimilé lo que me había pasado durante la semana que acababa y lo realmente afortunado que soy aunque no siempre me dé cuenta.

Obviamente tenía que volver a ver a Estrellita, esa chica a la que acababa de conocer de manera tan grata como inesperada. El lunes la llamé, como le dije que haría, y quedamos el martes para tomar un café. Esta vez fue ella quien quiso darme dos besos pero yo le planté uno en los labios sin pensármelo. Ya aprendí con Primilla que es lo que mejor funciona con estas cosas. Si hay algo que no puedes hacer con los sentimientos es racionalizarlos, sino que hay que dejarse llevar por impulsos y deseos.

Durante el café los impulsos mutuos nos llevaron a seguir detalladamente con los besos, aunque lamentablemente ella me dejó muy clara una cosa: que acaba de salir de una larga relación de 11 años y no quiere nada serio. Yo la comprendí perfectamente, y puesto que yo no había pensado nada de antemano sino que me estaba dejando llevar con ella, no me supuso ni una decepción ni mucho menos un trauma o un disgusto. De hecho, al café siguieron unos minutos al aire libre (libre no tanto de humos como de miradas indiscretas) donde ambos seguimos descubriendo otras partes del otro susceptibles de ser besadas, y donde ella dedicó unos momentos a hacer cosas en mi cuello que aunque no dejaron marcas en mi piel, sí lo hicieron en mi recuerdo. Finalmente acabamos cenando juntos y repitiendo las muestras de afecto durante las cuatro horas que duró nuestro encuentro.

Qué lástima que ella se encuentre en este momento tan delicado de su vida. Qué putada, en palabras suyas (lo bueno de tener a Sandra como amiga común es que la información por ambas partes llega enseguida a oídos del otro), porque parece ser que le he gustado, y mucho. A pesar de ello yo no le niego la amistad a nadie, y menos si hay posibilidades de tonteo. De hecho Estrellita fue la primera persona a la que le mandé un mensaje cuando supe dónde me destinaban en mi nuevo trabajo, ya que ese fue un tema recurrente en nuestra conversación de aquel día, y por supuesto que no descarto volver a verla. Ya hemos quedado, de hecho, en que tenemos que ir de compras algún día para que ella me asesore. Lo que no me esperaba fue lo de anoche.

Anoche me llamó por teléfono. No es que eso fuera sorprendente en sí, y menos teniendo en cuenta que por lo que me dijo gasta en teléfono unas diez veces más que yo. Tampoco me extrañó que tomara la iniciativa para hablar conmigo, siendo como es mucho más extrovertida. Pero después de decirle que esa noche no tenía pensado salir y colgar el teléfono sin haber quedado en nada con ella, me dio esa manía mía de pensar las cosas. Bueno, más vale tarde que nunca, supongo, pero cómo me jode ser tan lento y tan cortito para algunas cosas. Ni siquiera me di cuenta de que tal vez quería que nos viéramos esa misma noche. Qué rabia no haberme dado ni cuenta, y qué vergüenza tener que reconocerlo.

Puede que no. Seguro que son imaginaciones mías, fruto de mi mente calenturienta, como siempre, pero si le hubiera pasado a un conocido en vez de a mí mismo, pensaría igual. Y seguramente me hubiera dado cuenta antes. Porque si una chica está sola y te llama un sábado por la noche para ver dónde estás, yo supongo que es por si puede verte esa misma noche. Y si esa chica y tú teneis ciertos precedentes, escasos pero bastante definidos como es el caso, puede que además no fuera una llamada cualquiera, sino lo que los americanos, que tienen un nombre para todo, llaman una booty call.

Y si fue así y la dejé pasar sin haberme dado ni cuenta, no me da sólo rabia, sino mucha, MUCHA rabia.


ACTUALIZACIÓN 02.06.08: hoy he hablado con Sandra y, efectivamente, Estrellita tenía muchas ganas de verme el sábado por la noche. Sigo sin saber si era una booty call, pero eso ya no importa. Ya es oficial: soy más corto que Luisma el de Aída, y me jode soberanamente lo que ha pasado, y no sólo por mí, sino sobre todo por haberle hecho ese feo a Estrellita.

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28 mayo 2008

Scrubs

Maybe the dirty little secret about sex is that it isn't so dirty after all. The weird thing is even though it's natural, sex can make us unconfortable. But if we work at it we can get beyond that disconfort and realise that sex can actually be a confort. Sex can even be a cure. How do I know all this? Because no one understands how important sex is better than someone who isn't having it.

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24 abril 2008

El orden de los factores

No tengo ninguna gana de volver a currar en la fábrica, a pesar de que allí está mi amiga Sandra y eso suele ser motivo más que suficiente para que me lo plantee al menos.

Pero mi nueva "profesión" me está gustando, y mucho. Lo cogí con ganas, y aunque ya no es lo mismo que al principio, tiene sus cosas buenas, que de momento ganan a las malas.

Pese a que las habilidades sociales no son mi fuerte, de lo cual se aprovechó en su día la psicóloga que me hizo entrenarlas por un nada módico precio por sesión semanal, arrancar una sonrisa a una anciana dolorida en la sala de urgencias no tiene precio, y tampoco es muy difícil. A veces basta con una sonrisa, o simplemente con escuchar lo que quieran decirte.

Con los niños ya es mucho más difícil, sobre todo los pequeños. Pero también hay alguno que entra asustado, y sale diciéndote adiós o lanzándote besos. De nuevo el orgullo y el reloj biológico (¿los hombres tenemos de lo segundo?) se hacen notar.

También es cierto que no faltan, y son mayoría, los ancianos en cama que no pueden moverse y apenas respirar, los accidentados y politraumatizados con más dolor y sangre de la que ambos desearíamos, los malos olores, los líquidos corporales, los gritos, los lloros (de niños y de mayores), los desmayos...

Pero de vez en cuando hay algún paciente que le pone la guinda al pastel. Hoy, con la mayor guinda de todas, con la madre de todas las guindas, he recordado algo que nos dijeron en el cursillo de cuatro días que hemos hecho este fin de semana en Mojacar, Almería. Nos contaba un profesor con un ejemplo el poder que nos otorga el uniforme blanco o el hecho de estar en un sitio habitual para nosotros pero desconocido e intimidante a veces para quien acude enfermo.

Este profesor trabajaba en medicina digestiva de un hospital cuando salió a llamar a un paciente por su nombre y primer apellido. La mujer respondió y pasó a hacerse la prueba correspondiente, en concreto un enema opaco. Esto es, para los no iniciados, que te desnudan y te dan una batita de esas con el culo al aire, te tumban en una mesa y te meten por el culo unos dos litros de un líquido blanquecino. No debe ser nada agradable. Una vez terminada la prueba, le indican a la señora que ya puede vestirse y marcharse a su casa. "¿Y mi marido?", preguntó ella entonces. Y ante la sorpresa del personal del hospital, descubrieron que quien debía hacerse una prueba era su marido, que ella venía de acompañante, y que casualmente se llamaba igual que otra mujer que tenía otra prueba ese día y que al salir a llamarla en ese momento no estaba en la sala de espera. La mujer se había sometido a todo el proceso sin rechistar y siguió las órdenes de los auxiliares y el médico sin decir esta boca es mía.

Al hilo de todo esto viene lo que hoy me ha hecho ponerme a escribir. Yo nunca he tenido problemas, desde el principio de las prácticas, en preguntarle a las chicas jóvenes que vienen a hacerse una placa de torax si llevan sujetador, y pedirles que se lo quiten si es el caso. Si alguna vez le dijera algo parecido a alguna chica en una discoteca, estoy seguro de que no me resultaría tan fácil que me obedecieran. Aunque bueno, todo es probar. Para una chica joven y sin dolor (una placa de torax es muy habitual y no suele ser por nada grave, preoperatorios aparte) quitarse el sujetador sin quitarse la camiseta es de lo más fácil. Normalmente incluso me doy la vuelta para no estar mirándola y no ver la prenda cuando la dejan en cualquier sitio. Nunca está de más tener precauciones en ese sentido. Al contrario de lo que pudiera parecer a priori, nuestra generación tiene más reparos en desnudarse que la de nuestros abuelos, al menos en el médico. Supongo que es uno de los motivos por los que en mi hospital no me está permitido realizar mamografías (y por tanto acabaré las prácticas sin haber aprendido a hacerlas).

El caso es que nunca desnudas a la paciente del todo, y aunque se adivinen siluetas a través de la ropa que con sujetador no se verían, uno es un profesional (o pretende serlo) y no desvía la mirada de donde toca.

Algo diferente es cuando se trata de placas de abdomen. La zona a explorar va desde prácticamente el extremo inferior del esternón hasta la sínfisis del pubis. Para ello hay que tumbar a la chica boca arriba, quitar el sujetador si lleva aros (o subirlos estos por encima de las mamas para no tener que quitarlo), y bajar un poco el pantalón hasta media pierna, por encima de la rodilla, si éste lleva cremalleras, botones, cinturón, etc.

Aquí es cuando reconozco que al principio me ponía nervioso. Sigues sin desnudar a la paciente (la ropa se la arregla ella según le vas indicando), pero un punto de referencia para hacer la placa es la pala ilíaca, para lo que hay que tocar en el costado a la altura del ombligo para localizarla, y el haz de luz tiene que abarcar, si es posible, todo el pubis, por lo que es imperativo mirar esa zona tan íntima y tan convenientemente tapada con la ropa interior.

Una cosa es ver una paciente vestida sabiendo que se ha quitado la ropa interior, o ver su sujetador encima de una silla, y otra muy distinta es tener que tocarla estando ella tumbada y verle esa otra prenda interior perfectamente puesta en su sitio.

Una tarde salí a llamar a un paciente y vi sentada en una silla de ruedas un poco más allá a una morena es-pec-ta-cu-lar. Un pelo precioso, guapa, delgadita por lo que pude adivinar, y un escotazo hasta aquí (léase hasta muy abajo). Entro, miro los volantes, y... premio: 22 años, placa de abdomen. Debería haberle hecho la placa como el profesional que pretendo ser, pero le dije a la chica que estaba ese día trabajando conmigo que si se la hacía yo, podría estarme allí hasta el lunes (y esto fue un jueves). Al final le hizo la placa mi compañera.

En cambio al día siguiente vino otra chica joven por otra placa de abdomen. Realmente era atractiva, pero como no la vi hasta que la tuve dentro de la sala, no me quedó otro remedio que hacerla. La tumbé, le dije que se abriera la cremallera de la chaquetilla que llevaba y que se levantara el sujetador. Cuando le dije que se bajara el pantalón me miró mal. No pasa nada, le dije, te pongo una sabanita por encima si te da vergüenza. Así, perfectamente tapadita, acabó de colocarse y le hice la placa. Resultado: me costó mucho más centrar la imagen y la cremallera salió en la placa tapando partes del abdomen, así como el piercing del ombligo que como no se lo vi, no me acordé de pedirle que se quitara. Siendo estudiante, el radiólogo no se va a quejar por eso, pero debería haberle repetido la placa. No lo hice, por su bien y por el de sus ovarios y su posible descendencia.

Así que normalmente evito tapar a las chicas si no es imprescindible, y la vergüenza al hacer este tipo de placas con este tipo de pacientes ha disminuido bastante por mi parte. Hoy, retomando de nuevo lo retomable, como decía antes ha llegado la guinda de todas las guindas. Uno de los técnicos es el que me ha pasado el volante antes de ver a la paciente, que en realidad no me tocaba hacer a mí: "esta te gustará hacerla a ti". Al ver a la chica en cuestión los dos nos hemos asombrado, y yo creo que él incluso se ha arrepentido de ser "amable" conmigo. Si la morena de aquel día era es-pec-ta-cu-lar, la rubia de hoy, de 20 añitos, no tenía nada que envidiarle (salvo que no venía tan arreglada y con ese escote hasta aquí).

Me acerco a la chica y le explico antes de tumbarse: "quítate la chaqueta y te subes el sujetador pero te dejas la camiseta encima". A todo esto la chica me miraba un poco seria y sin decir ni mú, y la veo que, de pie enfrente de mí antes de tumbarse, se empieza a subir la camiseta dejando a la vista un precioso sujetador negro y un más que precioso busto debajo. "No, no hace falta que te quites la camiseta. Mira, túmbate primero y luego ya te subes un poquito el sujetador, ¿vale?". Se tumba boca arriba, se sube la camiseta de nuevo, y la veo que duda. "No hace falta que te subas la camiseta", le repito. "¿El sujetador lleva aros? Súbetelos un poco por encima y ya está". Desvío la mirada un poco como suelo hacer para evitar que esté incómoda y darle tiempo a que se prepare, y cuando vuelvo a mirar, veo por el rabillo del ojo que se ha subido el sujetador por completo dejando a la vista lo que yo no quería que dejara, aunque en cualquier otra situación no hubiera sido por falta de ganas.

No sé cómo describir la situación sin que esto parezca el diario de un quinceañero ni un relato porno cutre, pero lo único que se me ocurre decir es que menudo bellezón de chica, y qué maravilla de pechos. Tristemente, pese a haber mantenido ya relaciones sexuales, esas fueron las primeras tetas que he visto "en vivo y en directo" en toda mi vida, por lo que quedarán en mi recuerdo para siempre. Al menos puedo decir (¿con orgullo?) sin exagerar lo más mínimo que la primera vez que le vi las tetas a una chica eran perfectas.

A diferencia de mis experiencias sexuales hasta ahora (añado de nuevo con triste ironía).

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